resuró a decir Harry—. Quiero entrar en la Orden, quiero luchar.
—No. —Esa vez no fue la señora Weasley la que habló, sino Lupin—. La Orden está compuesta sólo por magos mayores de edad —aclaró—. Magos que ya han terminado el colegio —añadió al ver que Fred y George abrían la boca—. Pertenecer a la Orden implica peligros que ninguno de vosotros podría imaginar siquiera... Creo que Molly tiene razón, Sirius. Ya hemos hablado bastante.
Sirius se encogió un poco de hombros, pero no discutió. La señora Weasley les hizo señas imperiosamente a sus hijos y a Hermione. Éstos se levantaron uno por uno, y Harry, admitiendo la derrota, los siguió.

6 - LA NOBLE Y ANCESTRAL CASA DE LOS BLACK

La señora Weasley los seguía muy seria por la escalera.
—Quiero que os vayáis directos a la cama, y nada de hablar —dijo cuando llegaron al primer rellano—. Mañana nos espera un día muy ajetreado. Espero que Ginny ya esté dormida —añadió, dirigiéndose a Hermione—, así que intenta no despertarla.
—Sí, dormida, ya —murmuró Fred por lo bajo después de que Hermione les diera las buenas noches, y siguieron subiendo hasta el siguiente piso—. Si Ginny no está despierta esperando a que Hermione le cuente todo lo que han dicho abajo, yo soy un gusarajo...
—Muy bien, Ron, Harry... —les indicó la señora Weasley cuando llegaron al segundo rellano, señalando su dormitorio—. A la cama.
—Buenas noches —dijeron Harry y Ron a los gemelos.
—Que durmáis bien —les deseó Fred guiñándoles un ojo.
La señora Weasley cerró la puerta detrás de Harry con un fuerte chasquido. El dormitorio parecía aún más frío y sombrío que la primera vez que Harry lo había visto. El cuadro en blanco de la pared respiraba lenta y profundamente, como si su invisible ocupante estuviera dormido. Harry se puso el pijama, se quitó las gafas y se metió en la fría cama, mientras Ron lanzaba unas cuantas chucherías lechuciles hacia lo alto del armario para apaciguar a Hedwig y Pigwidgeon, que, nerviosas, no paraban de hacer ruido moviendo las patas y las alas.
—No podemos dejarlas salir a cazar todas las noches —explicó Ron mientras se ponía el pijama de color granate—. Dumbledore no quiere que haya demasiadas lechuzas sueltas por la plaza porque dice que podrían levantar sospechas. ¡Ah, sí! Se me olvidaba...
Fue hacia la puerta y echó el cerrojo.
—¿Por qué haces eso?
—Por Kreacher —aclaró Ron, y apagó la luz—. La primera noche que pasé aquí entró a las tres de la madrugada. Créeme, no es nada agradable despertarse y encontrarlo paseándose por la habitación. En fin... —Se metió en la cama, se tapó bien y se volvió hacia Harry en la oscuridad; éste veía su contorno gracias a la luz de la luna que se filtraba por la mugrienta ventana—. ¿Tú qué opinas?
Harry sabía a la perfección a qué se refería su amigo.
—Bueno, no nos han contado gran cosa que no pudiéramos haber imaginado, ¿verdad? —contestó, pensando en todo lo que se había hablado abajo—. En realidad lo único que han dicho es que la Orden intenta impedir que la gente se una a Vol... —Ron soltó un gritito ahogado— demort —acabó Harry con firmeza—. ¿Cuándo piensas empezar a llamarlo por su nombre? Sirius y Lupin lo hacen.
Ron no hizo caso de ese último comentario.
—Sí, tienes razón —dijo—, ya sabíamos casi todo lo que nos han contado gracias a las orejas extensibles. Lo único nuevo es que...
¡CRAC!
—¡Ay!
—Baja la voz, Ron, si no quieres que venga mamá.
—¡Os habéis aparecido encima de mis rodillas!
—Sí, bueno, es que a oscuras es más difícil.
Harry vio las borrosas siluetas de Fred y de George saltando de la cama de Ron. Luego oyó un chirrido de muelles, y el colchón de Harry descendió unos cuantos centímetros porque George se había sentado cerca de sus pies.
—Bueno, ¿ya lo habéis captado? —inquirió George con avidez.
—¿Lo del arma que Sirius ha mencionado? —preguntó Harry.
—Yo diría que se le ha escapado —opinó Fred, muy contento. Se había sentado al lado de Ron—. Eso nunca lo habíamos oído con las extensibles.
—¿Qué creéis que es? —siguió preguntando Harry.
—Podría ser cualquier cosa —contestó Fred.
—Pero no puede haber nada peor que la maldición Avada Kedavra, ¿verdad? —dijo Ron—. ¿Qué hay peor que la muerte?
—Quizá sea algo capaz de matar a muchísima gente a la vez —sugirió George.
—A lo mejor es una forma particularmente dolorosa de matar —dijo Ron, atemorizado.
—Para causar dolor tiene la maldición Cruciatus —recordó Harry—, no necesita nada más eficaz que eso.
Hubo una pausa, y Harry se dio cuenta de que los otros, como él, estaban preguntándose qué horrores podría perpetrar aquella arma.
—¿Y quién creéis que la tiene ahora? —preguntó George.
—Espero que alguien de nuestro bando —contestó Ron con una voz que denotaba cierto nerviosismo.
—Si es así, debe de tenerla guardada Dumbledore —dijo Fred.
—¿Dónde? —preguntó con rapidez Ron—. ¿En Hogwarts?
—¡Seguro que sí! —afirmó George—. Allí fue donde escondió la Piedra Filosofal.
—Pero ¡esa arma debe de ser mucho más grande que la Piedra! —objetó Ron.
—No necesariamente —contestó Fr