 decías de Scrimgeour?
—¡Ah, sí! Bueno, que tendremos que ir con cuidado; ha estado haciéndonos preguntas raras a Kingsley y a mí...
Harry agradeció que no le pidieran que participara en la conversación. Tenía el estómago revuelto. La señora Weasley le puso delante un par de tostadas con mermelada; Harry intentó comer, pero era como si masticara un trozo de alfombra. La señora Weasley se sentó a su lado y empezó a arreglarle la camiseta, escondiéndole la etiqueta y alisándole las arrugas de los hombros. Harry habría preferido que no lo hiciera.
—...y tendré que decirle a Dumbledore que mañana no podré hacer el turno de noche, estoy demasiado ca-cansada —terminó Tonks, bostezando otra vez.
—Ya te cubriré yo —se ofreció el señor Weasley—. No me importa, y de todos modos tengo que terminar un informe...
El señor Weasley no llevaba ropa de mago, sino unos pantalones de raya diplomática y una cazadora. Cuando terminó de hablar con Tonks miró a Harry.
—¿Cómo te sientes? —El muchacho se encogió de hombros—. Pronto habrá terminado todo —le aseguró con optimismo—. Dentro de unas horas estarás absuelto. —Harry no dijo nada—. La vista se celebrará en mi planta, en el despacho de Amelia Bones. Es la jefa del Departamento de Seguridad Mágica, y la encargada de interrogarte.
—Amelia Bones es buena persona, Harry —afirmó Tonks con seriedad—. Es justa y te escuchará.
Harry asintió con la cabeza; seguía sin ocurrírsele nada que decir.
—No pierdas la calma —intervino Sirius—. Sé educado y cíñete a los hechos.
Harry volvió a asentir.
—La ley está de nuestra parte —comentó Lupin con voz queda—. Hasta los magos menores de edad están autorizados a utilizar la magia en situaciones de peligro para su vida.
Harry tuvo la sensación de que algo muy frío goteaba por su espalda; al principio creyó que alguien estaba haciéndole un encantamiento desilusionador, pero entonces se dio cuenta de que era la señora Weasley, que intentaba peinarlo con un peine mojado. Le aplastaba con fuerza el pelo contra la coronilla, pero éste volvía a erizarse enseguida.
—¿No hay forma de aplastarlo? —preguntó desesperada.
Harry negó con la cabeza.
El señor Weasley consultó su reloj y miró al chico.
—Creo que deberíamos irnos ya —dijo—. Es un poco pronto, pero estarás mejor en el Ministerio que aquí, sin hacer nada.
—Vale —contestó Harry automáticamente; dejó la tostada en el plato y se puso en pie.
—Todo irá bien, Harry —aseguró Tonks, y le dio unas palmaditas en el brazo.
—Buena suerte —le deseó Lupin—. Estoy convencido de que todo saldrá bien.
—Y si no —añadió Sirius con gravedad—, ya me encargaré yo de Amelia Bones...
Harry esbozó una tímida sonrisa. La señora Weasley lo abrazó.
—Todos cruzaremos los dedos —afirmó.
—Bueno... Hasta luego —dijo Harry.
Subió con el señor Weasley al vestíbulo y oyó cómo la madre de Sirius gruñía en sueños detrás de las cortinas de su retrato. El señor Weasley abrió la puerta de la calle y salieron al frío y gris amanecer.
—Normalmente usted no va al trabajo andando, ¿verdad? —le preguntó cuando empezaron a caminar a buen paso bordeando la plaza.
—No, suelo aparecerme —respondió el señor Weasley—, pero evidentemente tú no puedes aparecerte, y creo que lo mejor es que lleguemos de forma no mágica. Así causarás mejor impresión, dado el motivo por el que te han sancionado...
Mientras caminaban, el señor Weasley llevaba una mano dentro de la cazadora. Harry sabía que en esa mano llevaba la varita. Las calles, de aspecto abandonado, estaban casi desiertas, pero cuando llegaron a la desangelada estación de metro la encontraron llena de gente madrugadora que iba al trabajo. Como le ocurría siempre que se hallaba rodeado de muggles que realizaban su rutina diaria, el señor Weasley a duras penas podía contener su entusiasmo.
—Sencillamente fabuloso —susurró, señalando los dispensadores automáticos de billetes—. Maravillosamente ingenioso.
—No funcionan —observó Harry señalando el letrero.
—Ya, pero aun así... —dijo el señor Weasley contemplándolos con una sonrisa radiante.
Le compraron los billetes a un soñoliento empleado (Harry se encargó de la transacción porque el señor Weasley no manejaba muy bien el dinero muggle), y cinco minutos más tarde subieron al tren, que los llevó traqueteando hacia el centro de Londres. El señor Weasley no paraba de consultar con ansiedad el plano del metro que había encima de las ventanas.
—Cuatro paradas más, Harry... Ahora quedan tres paradas... Sólo dos paradas, Harry...
Bajaron en una estación del centro de Londres y se vieron arrastrados por una marea de hombres vestidos con traje y corbata y de mujeres con maletines. Subieron por la escalera mecánica, pasaron por el torniquete (al señor Weasley le encantó cómo la máquina se tragaba su billete) y salieron a una ancha calle con mucho tráfico e imponentes edificios a ambos lados.
—¿Dónde estamos? —preguntó el señor Weasley, desorientado, y por un instante Harry creyó que habían bajado en una estación equivocada, a pesar de las continuas consultas d