el señor Weasley en el plano; pero entonces el hombre exclamó—: ¡Ah, sí! Por aquí, Harry. —Y lo guió por una calle lateral—. Lo siento —añadió—, pero nunca voy al Ministerio en metro, y desde la perspectiva muggle todo parece muy diferente. De hecho, nunca he utilizado la entrada de visitantes.
Cuanto más avanzaban, más pequeños y menos imponentes eran los edificios, hasta que al final llegaron a una calle donde había varias oficinas de aspecto destartalado, un pub y un contenedor rebosante de basura. Harry esperaba un emplazamiento mucho más impresionante para el Ministerio de la Magia.
—Ya hemos llegado —afirmó, muy alegre, el señor Weasley, y señaló una vieja cabina telefónica roja a la que le faltaban varios cristales, situada frente a una pared cubierta de grafitis—. Después de ti, Harry —dijo, y abrió la puerta de la cabina.
Harry entró preguntándose qué demonios significaba aquello. El señor Weasley entró también, se apretujó contra él y cerró la puerta. Había muy poco espacio; Harry estaba pegado contra el teléfono, que colgaba torcido de la pared, como si un gamberro hubiera intentado arrancarlo. El señor Weasley estiró un brazo y cogió el auricular.
—Señor Weasley, creo que esto tampoco funciona —dijo Harry.
—No, no, seguro que funciona —respondió el hombre levantando el auricular por encima de su cabeza y mirando el disco del teléfono con los ojos entornados—. Veamos... Seis... —Marcó el número—. Dos... cuatro... y otro cuatro... y otro dos...
Cuando el disco hubo recuperado la posición inicial, con un suave zumbido, una gélida voz femenina sonó dentro de la cabina telefónica, pero no salía por el auricular que el señor Weasley tenía en la mano, sino que sonaba con fuerza y claridad, como si una mujer invisible estuviera allí dentro con ellos.
—Bienvenido al Ministerio de la Magia. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita.
—Esto... —empezó el señor Weasley sin saber si tenía que hablar por el auricular o no. Lo solucionó acercándose el micrófono a la oreja—. Arthur Weasley, Oficina Contra el Uso Indebido de Artefactos Muggles. He llegado escoltando a Harry Potter, que tiene que presentarse a una vista disciplinaria...
—Gracias —contestó la gélida voz femenina—. Visitante, coja la chapa y colóquesela en la ropa en un lugar visible, por favor.
Se oyó un chasquido y un tintineo, y Harry vio que algo resbalaba por la rampa metálica por donde normalmente salían las monedas devueltas. Lo cogió y comprobó que era una chapa cuadrada de plata con la inscripción: «Harry Potter, vista disciplinaria.» Se la enganchó en la camiseta, y entonces la voz femenina dijo:
—Visitante del Ministerio, tendrá que someterse a un cacheo y entregar su varita mágica en el mostrador de seguridad, que se encuentra al final del Atrio.
El suelo de la cabina telefónica se estremeció. Estaban hundiéndose poco a poco. Harry miró con aprensión cómo la acera parecía elevarse al otro lado de las ventanas de cristal de la cabina hasta que se quedaron a oscuras por completo. Entonces ya no vio nada; sólo oía un monótono chirrido, mientras la cabina telefónica seguía hundiéndose en la tierra. Pasado más o menos un minuto, que a Harry se le hizo larguísimo, un resquicio de luz dorada le iluminó los pies, luego fue creciendo de tamaño y subió por el cuerpo de Harry hasta que le dio en la cara; el muchacho tuvo que parpadear para que no le lloraran los ojos.
—El Ministerio de la Magia les desea un buen día —los saludó la voz de mujer.
La puerta de la cabina telefónica se abrió sola y el señor Weasley salió seguido de Harry, que tenía la boca abierta.
Se encontraban al final de un larguísimo y espléndido vestíbulo con el suelo de madera oscura muy brillante. En el techo, de color azul eléctrico, había incrustaciones de relucientes símbolos dorados que se movían y cambiaban continuamente, como un inmenso tablón de anuncios celeste. Las paredes del vestíbulo estaban recubiertas de pulida y oscura madera, y en ellas había varias chimeneas doradas. De vez en cuando, una bruja o un mago salía por una de las chimeneas de la pared de la izquierda con un débil ruido. Ante las chimeneas de la pared de la derecha estaban formándose reducidas colas de brujas y de magos que esperaban para entrar.
Hacia la mitad del vestíbulo había una fuente. Un grupo de estatuas doradas, de tamaño superior al natural, se alzaban en el centro de un estanque circular. La figura más alta de todas era la de un mago de aspecto noble, cuya varita señalaba al cielo. A su alrededor había una hermosa bruja, un centauro, un duende y un elfo doméstico. Los tres últimos miraban con adoración a la bruja y al mago, de cuyas varitas salían unos fastuosos chorros de agua, así como del extremo de la flecha del centauro, de la punta del sombrero del duende y de las orejas del elfo doméstico. El tintineante silbido del agua al caer se unía al ruido que hacía la gente al aparecerse (algo así como ¡crac! y ¡paf!) y al de los pasos de cientos de brujas y de magos, la mayoría de l