 la calle Magnolia y, acelerando el paso, no tardó en situarse a escasa distancia de Dudley, que caminaba tan campante, tarareando de forma poco melodiosa.
—¡Eh, Big D!
Dudley se dio la vuelta.
—¡Ah! —gruñó—. Eres tú.
—¿Desde cuándo te llaman «Big D»? —preguntó Harry.
—Cállate —le espetó Dudley, y giró la cabeza.
—Qué nombre tan fardón —dijo Harry, sonriendo y situándose junto a su primo—. Aunque para mí siempre serás «Cachorrito».
—¡He dicho que te calles! —gritó Dudley, que había cerrado aquellas manos suyas que parecían jamones.
—¿No saben tus amigos que así es como te llama tu madre?
—Cierra el pico.
—A ella nunca le dices que cierre el pico. ¿Qué me dices de «Peoncita» y «Muñequito precioso»? ¿Puedo usarlos?
Dudley no replicó. El esfuerzo que tenía que hacer para no golpear a Harry parecía exigir todo su autocontrol.
—¿A quién habéis estado pegando esta noche? —preguntó Harry, y la sonrisa se borró de sus labios—. ¿A otro niño de diez años? Ya sé que hace un par de noches le diste una paliza a Mark Evans.
—Se la había buscado —gruñó Dudley.
—¿Ah, sí?
—Me contestó mal.
—¿En serio? ¿Qué te dijo? ¿Que pareces un cerdo al que han enseñado a caminar sobre las patas traseras? Porque eso no es contestar mal, Dud, eso es decir la verdad.
Un músculo palpitaba en la mandíbula de Dudley. A Harry le produjo gran satisfacción comprobar lo furioso que estaba poniendo a su primo; sentía que estaba desviando toda su frustración hacia Dudley; era la única válvula de escape que tenía.
Torcieron a la derecha por el estrecho callejón donde Harry había visto por primera vez a Sirius y que formaba un atajo entre la calle Magnolia y el paseo Glicinia. Estaba vacío y mucho más oscuro que las calles que unía porque allí no había farolas. El ruido de sus pasos quedaba amortiguado entre las paredes del garaje que había a un lado y una alta valla que había al otro.
—Te crees muy mayor porque llevas esa cosa, ¿verdad? —dijo Dudley pasados unos segundos.
—¿Qué cosa?
—Eso... Esa cosa que llevas escondida.
Harry volvió a sonreír.
—No eres tan tonto como pareces, ¿verdad, Dud? Claro, supongo que si lo fueras no serías capaz de andar y hablar al mismo tiempo.
Harry sacó su varita mágica. Vio que Dudley la miraba de reojo.
—Lo tienes prohibido —se apresuró a decir Dudley—. Sé que lo tienes prohibido. Te expulsarían de esa escuela para bichos raros a la que vas.
—¿Cómo sabes que no han cambiado las normas, Big D?
—No las han cambiado —aseguró Dudley, aunque no parecía del todo convencido. Harry soltó una risita—. No tienes agallas para enfrentarte a mí sin esa cosa, ¿verdad que no? —gruñó Dudley.
—Y tú necesitas tener a cuatro amigos detrás para pegar a un niño de diez años. ¿Te acuerdas de ese título de boxeo del que tanto alardeas? ¿Cuántos años tenía tu oponente? ¿Siete? ¿Ocho?
—Tenía dieciséis, para que lo sepas —protestó Dudley—, y cuando terminé con él estuvo veinte minutos sin conocimiento, y pesaba el doble que tú. Ya verás cuando le cuente a papá que has sacado esa cosa...
—¿Vas a ir a papi? ¿Le da miedo a su campeoncito de boxeo la horrible varita de Harry?
—Por la noche no eres tan valiente, ¿verdad? —dijo Dudley con sorna.
—Ahora es de noche, Cachorrito. Se llama así cuando el cielo se pone oscuro.
—¡Me refiero a cuando estás en la cama! —le espetó Dudley, que se había parado.
Harry se paró también y miró fijamente a su primo. Pese a que no veía muy bien la enorme cara de Dudley, distinguió en ella una extraña mirada de triunfo.
—¿Qué quieres decir con eso de que cuando estoy en la cama no soy tan valiente? —preguntó Harry desconcertado—. ¿De qué quieres que tenga miedo? ¿De las almohadas?
—Anoche te oí —replicó Dudley entrecortadamente—. Hablabas en sueños. ¡Gemías!
—¿Qué quieres decir? —insistió Harry, pero notaba algo frío y pesado en el estómago. La noche pasada había vuelto a ver en sueños el cementerio.
Dudley soltó una fuerte carcajada y luego puso una vocecilla aguda y quejumbrosa:
—«¡No mates a Cedric! ¡No mates a Cedric!» ¿Quién es Cedric? ¿Tu novio?
—Mientes —dijo Harry como un autómata, pero se le había quedado la boca seca. Sabía que Dudley no mentía; si no, ¿cómo podía saber algo de Cedric?
—«¡Papá! ¡Ayúdame, papá! ¡Me va a matar, papá! ¡Buuaaah!»
—Cállate —le dijo Harry en voz baja—. ¡Cállate, Dudley! ¡Te aviso!
—«¡Ven a ayudarme, papá! ¡Mamá, ven a ayudarme! ¡Ha matado a Cedric! ¡Ayúdame, papá! Va a...» ¡No me apuntes con esa cosa!
Dudley retrocedió hacia la pared del callejón. Harry apuntaba directamente con la varita hacia el corazón de su primo. Sentía latir en sus venas los catorce años de odio hacia él. Habría dado cualquier cosa por atacarlo en aquel momento, por lanzarle un conjuro tan fuerte que tuviera que volver a su casa arrastrándose como un insecto, mudo, con antenas...
—No vuelvas a hablar de eso —lo amenazó Harry—. ¿Me has entendido?
—¡Apunta hacia otro lado!
—Te he preguntado si me has entendido.
—¡Apunta hacia otro lado!
—¿ME HAS ENTENDIDO?
—¡APARTA ESA COSA DE...!
Dudley soltó un extraño y es