a derecha e izquierda—, ¿los squibs pueden ver a los Dementores?
—¡Por supuesto! —exclamó la señora Figg con indignación.
Fudge la miró desde lo alto del banco mientras arqueaba las cejas.
—Muy bien —admitió con actitud distante—. ¿Qué tiene que contarnos?
—Había salido a comprar comida para gatos en la tienda de la esquina, al final del paseo Glicinia, a eso de las nueve, la noche del dos de agosto —contó la señora Figg, hablando atropelladamente, como si se hubiera aprendido de memoria lo que estaba diciendo—, cuando oí ruidos en el callejón que comunica la calle Magnolia con el paseo Glicinia. Al acercarme a la entrada del callejón, vi a unos Dementores que corrían...
—¿Que corrían? —la interrumpió Madame Bones—. Los Dementores no corren, se deslizan.
—Eso quería decir —se corrigió la señora Figg, y unas manchas rosas aparecieron en sus marchitas mejillas—. Se deslizaban por el callejón hacia lo que me pareció que eran dos chicos.
—¿Cómo eran? —preguntó Madame Bones entornando los ojos hasta que el borde del monóculo desapareció bajo la piel.
—Bueno, uno era muy gordo y el otro delgaducho...
—No, no —dijo Madame Bones impaciente—. Los Dementores. Describa a los Dementores.
—¡Ah! —exclamó la señora Figg con un suspiro, y las manchas rosas de sus mejillas empezaron a extenderse por el cuello—. Eran grandes, muy grandes. Y llevaban capas.
Harry notaba un espantoso vacío en el estómago. Dijera lo que dijese la señora Figg, él tenía la impresión de que, como máximo, habría visto un dibujo de un Dementor, y era imposible que un dibujo transmitiera el verdadero aspecto de aquellos seres: su fantasmagórica forma de moverse, suspendidos unos centímetros por encima del suelo, el olor a podrido que desprendían y aquel horroroso estertor que emitían cuando absorbían el aire que los rodeaba...
En la segunda fila, un mago rechoncho con gran bigote negro se acercó a la oreja de su vecina, una bruja de pelo crespo, para susurrarle algo al oído.
—Grandes y con capas —repitió Madame Bones con voz cortante mientras Fudge resoplaba con sorna—. Entiendo. ¿Algo más?
—Sí —respondió la señora Figg—. Los sentí. Todo se quedó frío, y era una noche de verano muy calurosa, créame. Y sentí... como si no quedara ni una pizca de felicidad en el mundo... y recordé... cosas espantosas.
Su voz tembló un momento y se apagó.
Madame Bones abrió un poco los ojos. Harry vio unas marcas rojas debajo de su ceja, donde se le había clavado el monóculo.
—¿Qué hicieron los Dementores? —preguntó Madame Bones, y Harry sintió una ráfaga de esperanza.
—Atacaron a los chicos —afirmó la señora Figg, que hablaba con una voz más fuerte y más segura mientras el rubor iba desapareciendo de su cara—. Uno de los muchachos había caído al suelo. El otro se echaba hacia atrás, intentando repeler al Dementor. Ése era Harry. Sacudió dos veces la varita, pero sólo salió un vapor plateado. Al tercer intento consiguió un Patronus que arremetió contra el primer Dementor y luego, siguiendo las instrucciones de Harry, ahuyentó al que se había abalanzado sobre su primo. Eso fue..., eso fue lo que pasó —terminó la señora Figg de manera no muy convincente.
Madame Bones se quedó mirando a la mujer sin decir nada. Fudge no la miraba, sino que removía sus papeles. Finalmente, levantó la vista y, con tono agresivo, le espetó:
—Eso fue lo que usted vio, ¿no?
—Eso fue lo que pasó —repitió la señora Figg.
—Muy bien —dijo Fudge—. Ya puede irse.
La señora Figg, asustada, miró primero a Fudge y luego a Dumbledore; a continuación se levantó y se fue, arrastrando los pies hacia la puerta, que se cerró detrás de ella produciendo un ruido sordo.
—No es un testigo muy convincente —sentenció Fudge con altivez.
—No sé qué decir —replicó Madame Bones con su atronadora voz—. De hecho, ha descrito los efectos de un ataque de Dementores con gran precisión. Y no sé por qué iba a decir que estaban allí si no estaban.
—¿Dos Dementores deambulando por un barrio de muggles y tropezando por casualidad con un mago? —inquirió Fudge con sorna—. No hay muchas probabilidades de que eso ocurra. Ni siquiera Bagman se atrevería a apostar...
—¡Oh, no! Creo que ninguno de nosotros piensa que los Dementores estuviesen allí por casualidad —lo interrumpió Dumbledore sin darle mucha importancia.
La bruja que estaba sentada a la derecha de Fudge, con la cara en sombras, se movió un poco, pero los demás permanecieron muy quietos y callados.
—¿Y qué se supone que significa eso? —preguntó Fudge con tono glacial.
—Significa que creo que les ordenaron ir allí —contestó Dumbledore.
—¡Me parece que si alguien hubiera ordenado a un par de Dementores que fueran a pasearse por Little Whinging, habríamos tenido constancia de ello! —bramó Fudge.
—No si actualmente los Dementores estuvieran recibiendo órdenes de alguien que no es el Ministerio de la Magia —repuso Dumbledore sin perder la calma—. Ya te he explicado lo que opino de este asunto, Cornelius.
—Sí, ya me lo has explicado —dijo Fudge con energía—, y no tengo ningún mot