 podía entender que le interesara tanto aquella raquítica plantita.
—¿Hace... algo? —preguntó.
—¡Ya lo creo! ¡Un montón de cosas! —exclamó Neville con orgullo—. Tiene un mecanismo de defensa asombroso. Mira, sujétame a Trevor...
Entonces puso el sapo en el regazo de Harry y sacó una pluma de su mochila. Los saltones ojos de Luna Lovegood volvieron a asomar por el borde de su revista para ver qué hacía Neville. Éste, con la lengua entre los dientes, colocó la Mimbulus mimbletonia a la altura de sus ojos, eligió un punto y le dio un pinchazo con la punta de su pluma.
Inmediatamente empezó a salir líquido por todos los forúnculos de la planta, unos chorros densos y pegajosos de color verde oscuro. El líquido salpicó el techo y las ventanas y manchó la revista de Luna Lovegood; Ginny, que se había tapado la cara con los brazos justo a tiempo, quedó como si llevara un viscoso sombrero verde, y Harry, que tenía las manos ocupadas impidiendo que Trevor escapara, recibió un chorro en toda la cara. El líquido olía a estiércol seco.
Neville, que también se había manchado la cara y el pecho, sacudió la cabeza para quitarse el líquido de los ojos.
—Lo..., lo siento —dijo entrecortadamente—. Todavía no lo había probado... No me imaginaba que pudiera ser tan... Pero no os preocupéis, su jugo fétido no es venenoso —añadió, nervioso, al ver que Harry escupía un trago en el suelo.
En ese preciso instante se abrió la puerta de su compartimento.
—¡Oh..., hola, Harry! —lo saludó una vocecilla—. Humm..., ¿te pillo en mal momento?
Harry limpió los cristales de sus gafas con la mano con la que no sujetaba a Trevor. Una chica muy guapa, cuyo cabello era negro, largo y reluciente, estaba plantada en la puerta, sonriéndole. Era Cho Chang, la buscadora del equipo de quidditch de Ravenclaw.
—¡Ah, hola...! —respondió Harry, desconcertado.
—Humm... —dijo Cho—. Bueno... Sólo venía a decirte hola... Hasta luego.
Y con las mejillas muy coloradas cerró la puerta y se marchó. Harry se recostó en el asiento y soltó un gruñido. Le habría gustado que Cho lo encontrara sentado con un grupo de gente interesante, muerta de risa por un chiste que él acababa de contar, y no con Neville y Lunática Lovegood, con un sapo en la mano y chorreando jugo fétido.
—Bueno, no importa —dijo Ginny con optimismo—. Mirad, podemos librarnos de todo esto con facilidad. —Sacó su varita y exclamó—: ¡Fregotego!
Y el jugo fétido desapareció.
—Lo siento —volvió a decir Neville con un hilo de voz. Ron y Hermione no aparecieron hasta al cabo de una hora, después de que pasase el carrito de la comida. Harry, Ginny y Neville se habían terminado las empanadas de calabaza y estaban muy entretenidos intercambiando cromos de ranas de chocolate cuando se abrió la puerta del compartimento y Ron y Hermione entraron acompañados de Crookshanks y Pigwidgeon, que ululaba estridentemente en su jaula.
—Estoy muerto de hambre —dijo Ron; dejó a Pigwidgeon junto a Hedwig, le quitó una rana de chocolate de las manos a Harry y se sentó a su lado. Abrió el envoltorio, mordió la cabeza de la rana y se recostó con los ojos cerrados, como si hubiera tenido una mañana agotadora.
—Hay dos prefectos de quinto en cada casa —explicó Hermione, que parecía muy contrariada, y se sentó también—. Un chico y una chica.
—Y a ver si sabéis quién es uno de los prefectos de Slytherin —preguntó Ron, que todavía no había abierto los ojos.
—Malfoy —contestó Harry al instante, convencido de que sus peores temores se confirmarían.
—Por supuesto —afirmó Ron con amargura; luego se metió el resto de la rana en la boca y cogió otra.
—Y Pansy Parkinson, esa pava —añadió Hermione con malicia—. No sé cómo la han nombrado prefecta, si es más tonta que un trol con conmoción cerebral...
—¿Quiénes son los de Hufflepuff? —preguntó Harry.
—Ernie Macmillan y Hannah Abbott —contestó Ron.
—Y Anthony Goldstein y Padma Patil son los de Ravenclaw —añadió Hermione.
—Tú fuiste al baile de Navidad con Padma Patil —dijo una vocecilla.
Todos se volvieron para mirar a Luna Lovegood, que observaba sin pestañear a Ron por encima de El Quisquilloso. El chico se tragó el trozo de rana que tenía en la boca.
—Sí, ya lo sé —afirmó un tanto sorprendido.
—Ella no se lo pasó muy bien —le informó Luna—. No está contenta con cómo la trataste, porque no quisiste bailar con ella. A mí no me habría importado —añadió pensativa—. A mí no me gusta bailar —aseguró, y luego volvió a esconderse detrás de El Quisquilloso.
Ron se quedó mirando la portada durante unos segundos con la boca abierta y después miró a Ginny en busca de algún tipo de explicación, pero su hermana se había metido los nudillos en la boca para no reírse. Ron movió negativamente la cabeza, desconcertado, y luego miró la hora.
—Tenemos que patrullar por los pasillos de vez en cuando —les comentó a Harry y a Neville—, y podemos castigar a los alumnos si se portan mal. Estoy deseando pillar a Crabbe y a Goyle haciendo algo...
—¡No debes aprovecharte de tu cargo, Ron! —lo regañó Hermione.
—Sí, c