 nosotros. Y la advertencia del Sombrero Seleccionador era la misma: permaneced juntos, estad unidos...
—Y Harry ya dijo anoche —replicó Ron— que si eso significa que tenemos que hacernos amigos de los de Slytherin..., lo tiene claro.
—Bueno, pues yo creo que es una lástima que no fomentemos la unidad entre las casas —dijo Hermione con enfado.
En ese momento llegaron al pie de la escalera de mármol. Una fila de alumnos de cuarto de Ravenclaw cruzaba el vestíbulo; al ver a Harry se apresuraron a apiñarse, como si temieran que él pudiera atacar a los rezagados.
—Sí, deberíamos intentar trabar amistad con gente como ésa —comentó Harry con sarcasmo.
Siguieron a los de Ravenclaw al interior del Gran Comedor, y al entrar miraron instintivamente hacia la mesa del profesorado. La profesora Grubbly-Plank hablaba con la profesora Sinistra, de Astronomía, y Hagrid, una vez más, brillaba por su ausencia. El techo encantado del recinto reflejaba el estado anímico de Harry: tenía un triste color gris, como el de las nubes de lluvia.
—Dumbledore ni siquiera mencionó durante cuánto tiempo vamos a tener a la profesora Grubbly-Plank —comentó Harry mientras los tres se dirigían hacia la mesa de Gryffindor.
—A lo mejor... —insinuó Hermione pensativa.
—¿Qué? —preguntaron Harry y Ron a la vez.
—Bueno..., a lo mejor no quería llamar la atención sobre la ausencia de Hagrid.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Ron medio riendo—. ¿Cómo no íbamos a fijarnos en que no está aquí?
Antes de que Hermione pudiera contestar, una muchacha alta y negra, que llevaba el pelo peinado en largas trencitas, se había acercado a Harry.
—¡Hola, Angelina!
—¡Hola! —contestó ella con brío—. ¿Qué tal las vacaciones? —Y sin esperar respuesta, añadió—: Me han nombrado capitana del equipo de quidditch de Gryffindor.
—¡Qué bien! —dijo Harry sonriéndole; se imaginó que las charlas de Angelina para infundir ánimo no serían tan densas como las de Oliver Wood, lo cual suponía una mejora.
—Sí, bueno... Necesitamos un nuevo guardián ahora que Oliver se ha marchado. Las pruebas serán el viernes a las cinco y quiero que venga todo el equipo. Tenemos que ver quién encaja mejor en esa posición.
—De acuerdo —contestó Harry.
Angelina le sonrió y se fue.
—Ya no me acordaba de que Wood se marchó —comentó Hermione con vaguedad mientras se sentaba junto a Ron y se acercaba un plato de tostadas—. Supongo que el equipo lo notará, ¿no?
—Supongo —contestó Harry, y se sentó en el banco de enfrente—. Era un buen guardián...
—De todos modos, no irá mal un poco de sangre nueva, ¿verdad? —observó Ron.
De repente se oyó como un rugido, y cientos de lechuzas entraron volando por las ventanas más altas. Bajaron hacia las mesas del comedor y llevaron cartas y paquetes a sus destinatarios, a quienes rociaron con gotas de agua; evidentemente, fuera estaba lloviendo. Harry no vio a Hedwig, pero eso no le sorprendió: su único corresponsal era Sirius, y dudaba mucho que su padrino tuviera algo nuevo que contarle ya que sólo llevaban veinticuatro horas sin verse. Hermione, en cambio, tuvo que apartar con rapidez su zumo de naranja para dejar sitio a una enorme y chorreante lechuza que llevaba un empapado ejemplar de El Profeta en el pico.
—¿Todavía recibes El Profeta? —le preguntó Harry con fastidio, acordándose de Seamus, mientras Hermione ponía un knut en la bolsita de piel que la lechuza llevaba atada a la pata y el ave volvía a emprender el vuelo—. Yo ya no me molesto en leerlo. Sólo cuentan tonterías.
—Conviene saber lo que dice el enemigo —respondió ella misteriosamente; luego desplegó el periódico y desapareció tras él, y no volvieron a verla hasta que Harry y Ron terminaron de desayunar—. Nada —se limitó a decir; enrolló el periódico y lo dejó junto a su plato—. No hace ningún comentario sobre ti, ni sobre Dumbledore ni sobre nada.
En ese momento la profesora McGonagall pasó por la mesa repartiendo horarios.
—¡Mirad lo que tenemos hoy! —gruñó Ron—. Historia de la Magia, clase doble de Pociones, Adivinación y otra sesión doble de Defensa Contra las Artes Oscuras... ¡Binns, Snape, Trelawney y Umbridge en un solo día! Espero que Fred y George se den prisa y se pongan a fabricar ese Surtido Saltaclases...
—¿He oído bien? —dijo Fred, que llegaba en ese instante con George. Los gemelos se sentaron junto a Harry—. ¡No es posible que los prefectos de Hogwarts intenten saltarse clases!
—¡Mirad lo que tenemos hoy! —repitió Ron de mal humor, y le puso el horario bajo la nariz a Fred—. Es el peor lunes que he visto en mi vida.
—Tienes razón, hermanito —le dijo Fred leyendo la lista—. Si quieres puedo darte un turrón sangranarices; te lo dejo barato.
—¿Por qué barato? —preguntó Ron con recelo. —Porque sangrarás hasta quedarte seco. Todavía no hemos conseguido el antídoto —respondió George mientras se servía un arenque ahumado.
—Gracias —repuso Ron de mal humor, y se guardó el horario en el bolsillo—, pero creo que iré a las clases.
—Por cierto, hablando de vuestro Surtido Saltaclases —dijo Hermione mira