—propuso Ron mojando su pluma en el tintero—. «Las propiedades... del ópalo... y sus usos... en la fabricación de pociones...» —murmuró mientras escribía las palabras en la parte superior del pergamino. Subrayó el título, miró expectante a Hermione y añadió—: A ver, ¿cuáles son las propiedades del ópalo y sus usos en la fabricación de pociones?
Pero Hermione no lo escuchaba, pues miraba entornando los ojos hacia un rincón alejado de la sala, donde Fred, George y Lee Jordan estaban sentados en el centro de un corro de alumnos de primero, de aspecto inocente, que mascaban algo que, al parecer, había salido de una gran bolsa de papel que Fred tenía en las manos.
—Mira, lo siento, pero se han pasado de la raya —explotó, poniéndose en pie. Era evidente que estaba rabiosa—. ¡Vamos, Ron!
—Yo..., ¿qué? —dijo Ron para ganar tiempo—. ¡Vaya, Hermione, no podemos regañarlos por repartir golosinas!
—Sabes perfectamente que eso es turrón sangranarices, o pastillas vomitivas, o...
—¿Bombones desmayo? —apuntó Harry en voz baja.
Uno a uno, como si los hubieran golpeado en la cabeza con un mazo invisible, los alumnos de primero fueron cayendo inconscientes en sus asientos; algunos resbalaron hasta el suelo y otros quedaron colgando sobre los reposabrazos de las butacas con la lengua fuera. Los que estaban viéndolo reían; Hermione, en cambio, se puso muy tiesa y fue directamente hacia Fred y George, que estaban de pie con una libreta en la mano, observando atentamente a los desmayados alumnos de primer año. Ron hizo ademán de levantarse de la butaca, se quedó a medio camino unos segundos, vacilante, y luego murmuró a Harry:
—Ya se encarga ella.
Después se hundió cuanto pudo en la butaca, aunque no resultaba fácil debido a su larguirucha figura.
—¡Basta! —les dijo Hermione con ímpetu a Fred y George, que levantaron la cabeza y la miraron un tanto sorprendidos.
—Sí, tienes razón —dijo George, asintiendo—. Creo que ya hay suficiente con esa dosis.
—¡Ya os lo he advertido esta mañana, no podéis probar vuestras porquerías con los alumnos!
—Pero ¡si les hemos pagado! —replicó Fred, indignado.
—¡No me importa! ¡Podría ser peligroso!
—No digas bobadas —repuso Fred.
—¡Cálmate, Hermione, no les pasa nada! —intentó tranquilizarla Lee mientras iba de un alumno a otro y les metía unos caramelos de color morado en la boca, que mantenían abierta.
—Sí, mira, ya vuelven en sí —confirmó George.
Era verdad: unos cuantos alumnos de primero empezaban a moverse. Algunos se sorprendieron tanto de estar tumbados en el suelo o colgando de las butacas que Harry comprendió que Fred y George no les habían advertido del efecto que iban a producirles aquellos caramelos.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó George con amabilidad a una chica menuda de pelo castaño oscuro, que estaba tendida a sus pies.
—Creo que sí —contestó ella con voz temblorosa.
—Excelente —dijo Fred, muy contento, pero inmediatamente Hermione le arrancó de las manos la libreta y la bolsa de papel llena de bombones desmayo.
—¡De excelente nada!
—Claro que sí, están vivos, ¿no? —comentó Fred con enojo.
—No podéis hacer eso. ¿Y si alguno se pusiera enfermo de verdad?
—No se van a poner enfermos porque los hemos probado nosotros mismos; esto sólo lo hacemos para ver si todo el mundo reacciona igual...
—Si no paráis, voy a...
—¿Castigarnos? —insinuó Fred como diciendo: «Inténtalo y verás.»
—¿Ordenar que copiemos algo? —intervino George con una sonrisa burlona.
En la sala había curiosos riendo. Hermione se enderezó al máximo; tenía los ojos entrecerrados y su poblada melena parecía estar a punto de chisporrotear.
—No —dijo con la voz temblorosa de rabia—, pero voy a escribir a vuestra madre.
—No serás capaz —replicó George, horrorizado, y retrocedió.
—Ya lo creo —lo desafió Hermione sin acobardarse—. No puedo impedir que vosotros os comáis esas tonterías, pero no pienso permitir que se las deis a los de primero.
Fred y George se quedaron estupefactos. Era evidente que consideraban que la amenaza de Hermione era un golpe bajo. Ella les lanzó una última mirada amenazadora, se sujetó con fuerza la libreta y la bolsa contra el pecho y regresó muy ofendida a su butaca junto al fuego.
Ron se había ido agachando en su asiento y en ese instante tenía la nariz casi al nivel de las rodillas.
—Gracias por tu apoyo, Ron —dijo Hermione mordazmente.
—Ya lo has resuelto muy bien tú sola —masculló él.
Hermione contempló su trozo de pergamino en blanco durante unos segundos y luego dijo con voz tensa:
—Es inútil, ahora no puedo concentrarme. Me voy a la cama —dijo, y abrió su mochila.
Harry creyó que iba a guardar en ella sus libros, pero en lugar de eso Hermione sacó dos objetos deformes de lana, los colocó con cuidado sobre una mesa junto al fuego, los cubrió con una pluma rota y unos cuantos trozos de pergamino inservibles y se retiró un poco para evaluar el efecto.
—Por las barbas de Merlín, ¿se puede saber qué haces? —preguntó Ron, observándola como si temiera por la salud mental de su amiga.
—Son gorros 